Meta dispara los alquileres en Luisiana: de 1.200 a 3.000 dólares al mes

Una propietaria de alquileres en el noreste de Luisiana cuenta cómo la construcción del mayor centro de datos de IA de Meta ha multiplicado los precios de la vivienda en una zona rural que ya tenía escasez de casas.
Angel Crawford vive en Delhi, una localidad del noreste de Luisiana, y junto a su marido, Bryan, gestiona 18 propiedades de alquiler en la zona. Ambos llegaron allí hace cuatro años tras una vida ligada a la enfermería —ella fue responsable de calidad y él director de gestión de casos— y, ya con los hijos fuera de casa, se lanzaron al negocio inmobiliario porque en una comarca tan rural nunca sobran casas ni pisos disponibles. En 2024 empezaron a comprar viviendas antiguas, que llevaban mucho tiempo en el mercado o necesitaban reformas, con la idea de montar un parque de casas móviles. Fue entonces cuando se enteraron de que Meta iba a construir en Holly Ridge —a unos diez minutos de su casa— su mayor centro de datos de inteligencia artificial hasta la fecha. Aquello, cuenta, fue el empujón para seguir adelante.
El efecto sobre los precios ha sido notable. Una casa totalmente amueblada de cuatro habitaciones y dos baños situada a unos 13 kilómetros de las obras se alquila hoy por unos 3.000 dólares al mes, y Crawford asegura que no le cuesta nada encontrar inquilinos a ese precio. Antes de que Meta llegara, una casa sin amueblar en esa misma zona se alquilaba por entre 1.200 y 1.500 dólares. La clave está en el perfil del trabajador: los empleados de la obra trabajan de seis a siete días por semana y más de doce horas al día, salen de casa sobre las 4:30 de la madrugada y no vuelven hasta las siete de la tarde. Cerca del tajo, insiste, es lo único que les importa, y en zonas rurales recorrer 30 millas puede llevar una hora por culpa de las carreteras secundarias y los pueblos que hay que atravesar.
Su negocio se ha organizado alrededor de esa demanda. Parish Line Properties arrancó en 2024 y ya opera 18 propiedades, de las cuales 14 son vivienda para trabajadores. En 2025 puso en marcha StayNELA, una web que conecta a propietarios con inquilinos llegados de fuera —Crawford aclara que no es agente inmobiliaria, solo ayuda a anunciar y da el teléfono del dueño para que se trate directamente con él—. También abrió el parque de casas móviles Antley Pines en diciembre de 2025: según relata, todas las casas ya estaban reservadas con depósitos de trabajadores de Meta antes incluso de instalarse en el parque. Y ha prometido a sus inquilinos locales de larga duración que no les subirá el alquiler: dice que no va a poner a los vecinos de siempre en un aprieto y que buscará propiedades nuevas para la vivienda laboral.
El impacto va más allá del alquiler. Crawford asegura que han llegado a la zona numerosas lavanderías, campings para autocaravanas y parques de casas móviles, y que los oficios vinculados a la obra —instaladores eléctricos, fosas sépticas, fontanería, grava— están desbordados de trabajo gracias al proyecto. Sobre el ánimo del vecindario, lo describe como blanco o negro: o se está entusiasmado por las oportunidades, o se detesta el centro de datos, sin término medio. Ella se sitúa en el lado optimista por los empleos que pueden permitir a sus hijos quedarse en la zona en lugar de emigrar. Y ya tiene plan B: cada casa de su parque ocupa un cuarto de acre, así que cuando Meta se marche podrá venderlas o alquilarlas por separado.
El análisis de Salseo
- El mecanismo que dispara el alquiler no es magia: un centro de datos se construye durante varios años con cientos de operarios concentrados en un punto muy concreto, en un condado rural donde nunca hubo oferta de vivienda suficiente. Ese pico de demanda golpea de golpe una oferta que no se puede ampliar a la misma velocidad, y el resultado es que un alquiler que costaba 1.200-1.500 dólares pasa a 3.000. Es un patrón que se repite en cada municipio que acoge un proyecto de este tipo.
- La letra pequeña está en el 'después'. La plantilla permanente de un centro de datos es una fracción mínima de los trabajadores de la fase de obra, así que el negocio de estas familias depende de un calendario que no controlan: cuando la construcción termine, la demanda se desinfla y quien haya comprado casas y terrenos a precios de euforia se queda con activos difíciles de colocar en una zona rural. Ese desfase entre el pico temporal y la normalización posterior es el riesgo real del sector.
- Para Meta, el atractivo es evidente: suelo y energía baratos en zonas alejadas de las grandes ciudades. Pero la falta de vivienda se le puede girar en contra como cuello de botella para atraer y retener trabajadores, y como fuente de tensión vecinal y política en comunidades donde el rechazo al proyecto es tan intenso como el entusiasmo. La gestión del impacto local ya no es solo un tema de imagen: afecta al calendario de la obra.
- Señales concretas que vigilar: a qué precios y con qué ocupación se siguen alquilando esas casas cuando la fase de construcción toque techo, y si el municipio acaba aprobando nueva promoción inmobiliaria. Más oferta formal (pisos, promociones nuevas) competiría directamente con los propietarios particulares que hoy se benefician del hueco de mercado y comprimiría los precios.