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SpaceX sube contra el mercado: Google ya prueba sus chips de IA en órbita

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SpaceX sube contra el mercado: Google ya prueba sus chips de IA en órbita

SpaceX se desmarca de un mercado lastrado por la subida de los bonos, impulsada por el primer test en órbita de los chips de IA de Google y por los analistas que ven la computación como su próximo gran motor de negocio.

Las acciones de SpaceX subieron más de un 1,5% el jueves, hasta moverse alrededor de los 153 dólares, justo en una jornada en la que el resto del mercado iba en dirección contraria: el S&P 500 cedió un 0,2%, el Nasdaq Composite un 0,1% y el Dow Jones se dejó 215 puntos, también un 0,1%. El motivo de la debilidad general estaba en la deuda pública: la rentabilidad del bono estadounidense a 10 años llegó a tocar el 5,342% en algún momento de la sesión, su nivel más alto desde abril de 2002, y la del bono a 30 años escaló hasta el 5,663%, también en zonas que no se veían desde hacía unos 24 años. Cuando la deuda paga más, la bolsa sufre, y muy especialmente las compañías cuyo valor depende de beneficios que se esperan lejanos.

El empujón para SpaceX vino de una noticia con nombre propio: Alphabet ha lanzado sus propios chips de inteligencia artificial al espacio a bordo de un cohete Falcon 9 de SpaceX. El despegue, sin tripulación, estaba previsto para alrededor de las 11:15 (hora de la costa oeste de Estados Unidos) desde la base Vandenberg de la Fuerza Espacial, en California, dentro de la misión Transporter-18. En ese vuelo viajan también satélites de Planet Labs, entre ellos un prototipo alimentado por energía solar y equipado con las TPU (las unidades de procesamiento tensorial) de Google. Es la primera prueba en órbita del Proyecto Suncatcher, una iniciativa que Alphabet desveló en noviembre de 2025 y que busca construir infraestructura de computación para IA capaz de funcionar de forma continua en el espacio, aprovechando el sol como fuente de energía. La idea de fondo es explorar si el espacio puede llegar a sostener una capacidad de aprendizaje automático escalable, como alternativa a los centros de datos que se levantan en la Tierra, donde la disponibilidad de electricidad, la falta de suelo y la oposición de las comunidades locales se han convertido en obstáculos cada vez más serios.

SpaceX no se queda mirando: la compañía trabaja en sus propios centros de datos orbitales y ha dicho que pretende construir y lanzar enjambres de satélites equipados con tarjetas gráficas y paneles solares. Elon Musk ha defendido que los centros de datos en el espacio podrían acabar siendo la forma más barata de entrenar inteligencia artificial, y sostiene que esa tecnología podría alcanzar ese punto en unos pocos años. Su consejera delegada, Gwynne Shotwell, aseguró en un acto celebrado en septiembre que la empresa espera desplegar "supercomputación en el espacio" en 2027. Hay un detalle que añade morbo al asunto: Alphabet es un inversor relevante en SpaceX, con una participación valorada actualmente en más de 82.000 millones de dólares. Es decir, las dos compañías son socias en infraestructura espacial y, al mismo tiempo, rivales en una parte del negocio de la inteligencia artificial.

Ese negocio de la computación se está colando poco a poco en la tesis de inversión de SpaceX. Los analistas de TD Cowen, con John Blackledge a la cabeza, iniciaron su cobertura esta misma semana con una visión positiva y un objetivo de precio por encima de la cotización actual, describiendo la computación como el "mayor motor" de ingresos de la compañía a corto plazo. Eso sí, la oportunidad inmediata que señalan es la computación de IA en tierra, mientras que los centros de datos orbitales serían una apuesta a más largo plazo. La firma calcula que alrededor del 35% de las ventas de SpaceX en 2026 vendrán de actividades ligadas a vender capacidad de cálculo, y cree que ese negocio podría superar a Starlink, a la que describe como la "joya de la corona", ya en el primer trimestre de 2027. Sus previsiones apuntan a que el alquiler de capacidad de cómputo para IA suponga cerca del 60% de los ingresos en 2027 y el 65% en 2028, que los ingresos totales crezcan a un ritmo anual compuesto del 62% entre 2026 y 2031 y que se realicen cerca de 1.000 lanzamientos a órbita baja hasta 2031. Blackledge espera además que casi la mitad de la capacidad de computación prevista se arriende a empresas externas en los próximos años.

La lectura de fondo es que SpaceX ya no se juega solo cuántos cohetes lanza ni cuántos clientes firma para Starlink, sino si es capaz de convertirse en un proveedor de potencia de cálculo. Es un terreno donde no compite con otras empresas espaciales, sino con los grandes centros de datos terrestres y con los gigantes tecnológicos que los financian. La parte que ya genera dinero es el alquiler de cómputo en suelo firme; la parte que ha hecho subir la acción este jueves es todavía un experimento en órbita, con muchas incógnitas técnicas por resolver.

El análisis de Salseo

  • Lo relevante de esta subida no es el cohete, sino el negocio que va dentro: el mercado empieza a valorar a SpaceX como vendedora de capacidad de cálculo, y ahí sus competidores no son otras empresas espaciales, sino los grandes centros de datos terrestres y los gigantes tecnológicos que los financian.
  • La relación Alphabet-SpaceX es de socio, proveedor, cliente y rival a la vez: Google prueba sus chips en un Falcon 9 mientras tiene más de 82.000 millones invertidos en la compañía y compite con ella en IA. Si la computación orbital funciona, Google se asegura acceso privilegiado a los lanzamientos, pero también refuerza a un competidor.
  • Ojo con la letra pequeña del optimismo: TD Cowen dice claramente que el negocio a corto plazo es la computación en tierra, no en órbita. La señal concreta que hay que vigilar es cuánta capacidad de cálculo contrata realmente clientes externos y si Starlink deja de ser el motor principal, algo que la firma sitúa ya en el primer trimestre de 2027.
  • El gran obstáculo técnico de los centros de datos espaciales es que una tarjeta gráfica en órbita necesita energía solar constante, disipar calor en el vacío (mucho más difícil que en tierra) y no se puede reparar a mano. Por eso el test de Suncatcher es la prueba clave: si las TPU rinden bien en el espacio, la historia se refuerza; si no, se enfría.

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Fuente: Invezz