Empecé programando realidades que no existían.
Al acabar Teleco entré como programador de aplicaciones de Realidad Aumentada y Virtual en un instituto de investigación. Poco después fundé mi primera empresa: desarrollábamos apps con tecnologías que entonces apenas nacían —AR, VR, interfaces naturales como Kinect— justo cuando los smartphones daban sus primeros pasos.
Samsung y Microsoft reconocieron nuestro trabajo construyendo librerías sobre esas tecnologías. Llegamos a desarrollar pruebas de concepto para Oculus antes de que saliera al mercado.
Vino una ronda de inversión para crecer. Spoiler: no salió. Acabamos vendiendo las aplicaciones a un tercero, y el exit no fue el que nadie soñaba. Seis años de vida loca startupera. Tocaba frenar y pensar.
Una película me cambió la carrera.
Frenando y recapacitando, vi The Big Short. La crisis de 2008 me había golpeado de pleno: yo quería dedicarme a la acústica en construcción de viviendas, y cuando el sector se evaporó acabé de programador en I+D. Viendo la película até cabos: cosas económicas enormes habían redirigido mi vida entera, y yo no había sido capaz de verlas venir.
En paralelo monté una empresa de desarrollo y marketing digital. Hoy sigue viva — ahora asesorando a empresas en integración de Inteligencia Artificial.
Caí en el value investing. Por suerte.
Podría haber caído en el trading. Por fortuna, mi puerta de entrada fue El Inversor Inteligente de Benjamin Graham. Hizo click. Desde ese día me devoré el canon entero: Security Analysis, Un paso por delante de Wall Street, El pequeño libro que bate al mercado, Acciones ordinarias y beneficios extraordinarios, las cartas de Buffett, Paramés... todos.
Pero me sabía a poco. Me pregunté: ¿cuál es la formación más reconocida del mundo en análisis financiero? Y encontré el CFA. Me puse a estudiarlo como un loco. En paralelo abrí un blog: todo lo que aprendía, lo compartía. Dos años así, gestionando mi patrimonio y el de mi familia. Algún amigo ya empezaba a pedirme ideas.
Una tesis sobre Dialog Semiconductor lo cambió todo.
Un día, una firma financiera descubrió una tesis que había publicado sobre Dialog Semiconductor —una empresa que tenían en su fondo— y me citaron a una reunión. Lo demás es historia.
Antes siquiera de presentarme al examen, ya participaba como analista en un fondo nuevo que, en la práctica, gestionaba yo. Me ficharon para crear un fondo de inversión en empresas tecnológicas. Vinieron años de locura: aprender a gestionar un fondo en pleno mercado volátil, con las guerras comerciales de Trump y China sacudiéndolo todo.
Todo empezó con un grupo de WhatsApp.
Un poco antes, ya compartía tesis de inversión, análisis fundamental y recomendaciones de libros por un grupo de WhatsApp, para 4 o 5 colegas enganchados a invertir. Aquellos cuatro locos son hoy salseros veteranos.
Antes del Covid me marché del fondo: no compartía la filosofía de los socios. Para entonces ya éramos unos cuantos más, organizados en un Discord. El germen de lo que hoy es el Club.
Cambié la locura de los mercados por la de la IA.
Tras el Covid me ficharon como gestor de inversiones de un Family Office. Aproveché esa etapa para bajar el ritmo frenético de los mercados, centrarme en la paternidad, y volver a estudiar. Esta vez tocaba regresar a la tecnología: llegaba la Inteligencia Artificial.
Desde los primeros chats básicos y los generadores de imagen que hoy dan cringe, me puse como loco a estudiar todo lo que salía. De tranquila, esta etapa no tuvo nada: cambié la volatilidad de la bolsa por la carrera de la IA, pegado al ordenador, programando y aprendiendo.
Y entonces uní todos los puntos.
A finales de 2025, recién estrenada mi segunda paternidad, aproveché la baja para reflexionar otra vez. Y, como diría Steve Jobs, uní los puntos mirando hacia atrás. Me hice una pregunta:
Un sistema que procese millones de parámetros, trabajando 24/7, para tomar las mejores decisiones de inversión. Manos a la obra. En marzo de 2026 nació Salseo Inversor, la App, con una comunidad de unos 30 salseros haciendo de beta testers. Hoy, en junio, la abrimos al público.
El ingeniero y el inversor, por fin, en la misma mesa. Con cinco pimientos y una fábrica de IA detrás.





